¿Es lo mismo ser mujer que hombre en política?
Porque la desigualdad ya no se expresa únicamente en la exclusión formal de las mujeres de la política. También tiene que ver con a qué posiciones llegan, quién facilita o dificulta su acceso, cuándo se les ofrece liderar, qué margen tienen para ejercer el poder y cómo juzgamos comportamientos similares cuando los protagoniza un hombre o una mujer. Y, a veces, también con el precio que pagan por ocupar ese espacio público.
No se trata de debatir sobre si mujeres y hombres lideran de forma diferente. Tampoco de considerar que todas las mujeres vivan la política de la misma manera. Se trata de entender que el liderazgo político no se construye ni se interpreta en un espacio neutral.
1. Más mujeres en política, pero tampoco tanto
Empecemos por los datos.
En las últimas décadas se ha producido un avance indiscutible. En 1995, las mujeres representaban apenas el 11 % de quienes integraban los parlamentos nacionales. A comienzos de 2026 representan el 27,5 %. Por su parte, a 1 de enero de 2026, solo 28 países tenían una mujer como jefa de Estado o de Gobierno. Las mujeres ocupaban el 22,4 % de los puestos ministeriales y apenas el 19,9 % de las presidencias de cámaras parlamentarias. Además, 101 países nunca habían tenido una mujer al frente del Estado o del Gobierno.
Es cierto que España ofrece una fotografía diferente. La presencia de mujeres en la política institucional está mucho más normalizada que hace unas décadas. Hemos tenido vicepresidentas del Gobierno, presidentas del Congreso y del Senado, presidentas autonómicas, alcaldesas y ministras al frente de algunas carteras tradicionalmente masculinizadas, como Defensa. Las mujeres representan actualmente alrededor del 44 % del Congreso de los Diputados, muy por encima del 27,5 % mundial.
Por tanto, sería absurdo sostener que nada ha cambiado. Ha cambiado mucho.
Pero hay un dato que sigue llamando la atención: España nunca ha tenido una presidenta del Gobierno. La relación oficial de presidentes desde la recuperación de la democracia a finales de la década de 1970 sigue estando formada exclusivamente por hombres. Y hay otra circunstancia significativa: ninguna mujer ha llegado a liderar a nivel estatal el PSOE o el Partido Popular, los dos partidos mayoritarios que se han alternado en la Presidencia del Gobierno desde 1982. Eso no significa que no hayan existido mujeres con enorme peso político ni aspirantes al liderazgo en ambos partidos. Todo lo contrario. Pero ninguna lo consiguió.
2. El liderazgo también se construyó en masculino
Pensemos en qué características asociamos intuitivamente con alguien que tiene “madera de líder”.
Autoridad. Seguridad. Ambición. Firmeza. Determinación. Capacidad para tomar decisiones. No es casual que muchos de esos atributos hayan estado históricamente asociados a la masculinidad.
Durante siglos, la política institucional fue diseñada, protagonizada y representada fundamentalmente por hombres. Cuando las mujeres comenzaron a incorporarse masivamente, entraron en instituciones cuyas reglas formales podían cambiar relativamente rápido, pero cuyos códigos de autoridad tenían una historia mucho más larga.
Y ahí aparece una paradoja.
Una mujer necesita demostrar competencia, autoridad y capacidad de decisión para ser reconocida como líder. Pero algunos de esos mismos comportamientos pueden entrar en conflicto con las expectativas tradicionales sobre cómo debería comportarse una mujer.
Es el denominado doble vínculo. Una dirigente puede ser considerada demasiado dura o demasiado blanda; excesivamente ambiciosa o poco determinada; fría si mantiene distancia y débil si muestra demasiada cercanía.
No significa que todas las mujeres sufran automáticamente esa evaluación ni que los hombres estén libres de estereotipos. Significa que el mismo comportamiento puede activar expectativas diferentes dependiendo de quién lo protagonice.
Y esto tiene consecuencias políticas.
En Margaret Thatcher se observa con claridad el doble vínculo que puede acompañar al liderazgo femenino. Para ejercer autoridad en un espacio político profundamente masculinizado necesitaba proyectar firmeza, determinación y capacidad de mando; precisamente los atributos que permitían que fuera reconocida como una líder fuerte. Pero esa misma dureza podía ser juzgada de forma distinta por tratarse de una mujer y convertirse en frialdad, agresividad o falta de empatía. Thatcher respondió a esa tensión construyendo un liderazgo especialmente contundente -hasta quedar identificada como la Dama de Hierro-, pero su caso muestra bien la paradoja: una mujer puede necesitar exhibir autoridad para ser reconocida como líder y, al mismo tiempo, ser penalizada por alejarse de lo que tradicionalmente se espera de una mujer.
3. Antes de ganar unas elecciones, hay que ganar dentro del partido
Hay una parte de la desigualdad política que resulta mucho menos visible porque sucede antes de que intervenga el electorado. Antes de ganar unas elecciones hay que ganar dentro del partido, haya o no primarias.
Los partidos funcionan como gatekeepers, guardianes de acceso a buena parte de los cargos de representación. Deciden quién integra una lista, quién la encabeza, quién ocupa un puesto de salida, quién recibe apoyo y recursos, quién ejerce una portavocía y quién acumula experiencia suficiente para aspirar después a una responsabilidad superior.
Pero no todo el poder interno aparece en los estatutos. También importa quién entra en determinadas reuniones. Quién recibe una llamada cuando aparece una oportunidad. Quién participa en una negociación. Quién cuenta con alguien que impulsa su carrera. Quién forma parte de los círculos informales de confianza. Quién dispone de tiempo para estar siempre disponible. Quién recibe una segunda oportunidad después de una derrota. Y quién empieza a ser considerado, casi sin saber exactamente cuándo ocurrió, “material de liderazgo”.
Por eso un partido puede cumplir perfectamente las reglas de paridad y seguir distribuyendo de manera desigual determinadas oportunidades.
4. El techo de cristal no ha desaparecido
El concepto es conocido: el techo de cristal describe esas barreras, muchas veces poco visibles, que dificultan que las mujeres alcancen las posiciones superiores aunque formalmente nada les impida hacerlo.
En política puede aparecer en diferentes momentos.
En la selección de candidaturas. En la promoción interna. En el acceso a determinadas responsabilidades. En las redes de apoyo. En la construcción de una sucesión. O en esa frase aparentemente inocente que se repite cuando llega el momento de elegir: “Todavía no está preparada”.
El problema es que incluso romper el techo de cristal no garantiza que las condiciones posteriores sean iguales.
Porque al otro lado puede aparecer otro fenómeno.
5. El acantilado de cristal: cuando te dejan llegar justo cuando todo se complica
Michelle Ryan y Alexander Haslam estudiaron un fenómeno especialmente interesante: el acantilado de cristal o glass Cliff, que describe situaciones en las que las mujeres tienen mayores posibilidades de acceder a posiciones de liderazgo precisamente cuando esas posiciones son más precarias, existe una crisis o las probabilidades de fracaso son superiores.
Este patrón también se ha observado en política. Un estudio de Michelle Ryan, Alexander Haslam y Clara Kulich (2010) sobre las elecciones británicas de 2005 encontró que las mujeres del Partido Conservador tendían a ser seleccionadas como candidatas en escaños más difíciles de ganar que sus compañeros. Es decir, la oportunidad de competir podía llegar precisamente allí donde las posibilidades de éxito eran menores. Un ejemplo habitualmente relacionado con esta lógica es Theresa May, que accedió al Gobierno británico tras el referéndum del Brexit y la dimisión de David Cameron: recibió la responsabilidad de gestionar una crisis política que no había provocado y que había dividido tanto a su partido como al país.
Y después juzgamos el resultado.
“Se presentó y perdió”.
“Llegó y no funcionó”.
Pero falta una pregunta fundamental:
¿En qué condiciones le permitieron llegar?
Politólogas como Tània Verge o Sílvia Claveria han señalado que esta lógica también puede observarse en España. Inés Arrimadas, por ejemplo, asumió el liderazgo de Ciudadanos en 2020 después del fuerte desplome electoral del partido y de la dimisión de Albert Rivera.
6. Llegar es difícil. Mantenerse también: el síndrome de Borgen
Hay una segunda idea especialmente interesante para comprender el liderazgo político de las mujeres.
La periodista y escritora Nuria Varela ha denominado síndrome de Borgen al fenómeno por el que las mujeres consiguen acceder a posiciones de poder pero encuentran enormes dificultades para ejercerlo y permanecer en él.
El nombre procede de Borgen, la serie danesa protagonizada por la ficticia primera ministra Birgitte Nyborg, y sirve para desplazar la mirada desde una pregunta clásica —por qué las mujeres no llegan— hacia otra menos explorada:
¿Qué ocurre con ellas cuando consiguen llegar?
Los estudios plantean que el poder político continúa funcionando sobre estructuras y códigos históricamente masculinos que pueden incorporar mujeres sin transformar necesariamente las condiciones en las que se ejerce ese poder.
Aquí entran cuestiones como los cuidados y la disponibilidad. La política exige horarios interminables, actos nocturnos, viajes, fines de semana, reuniones que se alargan, negociaciones de madrugada y una considerable cantidad de relaciones informales construidas fuera de los espacios institucionales.
Nada de eso discrimina formalmente a una mujer. Pero tampoco es neutral cuando los cuidados continúan distribuyéndose de forma desigual.
Y sigue existiendo una diferencia simbólica muy reveladora: la paternidad rara vez pone en duda la disponibilidad de un dirigente para ejercer el poder. La maternidad puede convertirse todavía en una pregunta sobre cómo una dirigente conseguirá “compatibilizarlo todo”.
7. El derecho a equivocarse también es poder
Existe una forma menos evidente de medir cuánto poder tiene realmente alguien dentro de una organización: observar qué sucede cuando se equivoca.
La política está llena de derrotas electorales, errores estratégicos, declaraciones desafortunadas, conflictos internos y malas decisiones. Y también de segundas oportunidades.
Por eso resulta pertinente preguntarse si el margen de error se distribuye siempre de la misma manera.
¿A quién se le permite perder y volver? ¿Quién puede ser ambicioso sin que la ambición se convierta en un defecto personal? ¿Quién puede ejercer autoridad sin ser considerado autoritario? ¿Quién puede enfrentarse internamente a alguien sin adquirir la etiqueta de conflictivo? ¿A quién se juzga individualmente por un fracaso y cuándo ese fracaso se utiliza para confirmar un estereotipo sobre todo un grupo?
8. Cuando ya no hablamos de sesgos: violencia política contra las mujeres
Hay un punto en el que dejamos de hablar de estereotipos o dobles estándares.
Hablamos de violencia política por razón de género. Y conviene distinguirla claramente de la crítica política. La confrontación, la fiscalización y la crítica -también la crítica dura- forman parte de una democracia. Una dirigente debe poder ser cuestionada por sus decisiones exactamente igual que un dirigente.
Otra cosa son las amenazas de violación, la sexualización, el acoso, los insultos sexistas, las amenazas contra familiares, la intimidación, el cuestionamiento de su capacidad intelectual o determinadas campañas de hostigamiento dirigidas específicamente contra las mujeres por ocupar el espacio público.
Los datos son preocupantes.
Un estudio pionero de la Unión Interparlamentaria basado en entrevistas con 55 parlamentarias de 39 países encontró que el 81,8 % había experimentado violencia psicológica durante su mandato; alrededor del 44 % había recibido amenazas de muerte, violación, palizas o secuestro y el 20 % declaró haber sufrido acoso sexual. La muestra era reducida y los resultados no pueden extrapolarse sin más al conjunto de las políticas, pero sirvieron para identificar un fenómeno que posteriormente ha seguido documentándose.
En Europa, una investigación posterior de la UIP y la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, basada en entrevistas a 81 parlamentarias de 40 países, encontró que el 85,2 % había experimentado violencia psicológica, el 46,9 % amenazas de muerte, violación o agresión y el 58,2 % ataques sexistas en redes sociales.
España tampoco es ajena.
El Ministerio de Igualdad publicó en 2022 La violencia política por razón de género en España, una investigación exploratoria que analiza cualitativamente sus manifestaciones, espacios, perpetradores y consecuencias a partir de experiencias de mujeres vinculadas a la actividad política.
La violencia no busca solamente hacer daño. También puede expulsar. La violencia política contra las mujeres no afecta únicamente a quien la recibe. También puede tener un efecto disciplinador.
Cuando una mujer recibe amenazas sexuales, ataques contra sus hijos e hijas, comentarios sobre su cuerpo o campañas de hostigamiento por ocupar un espacio público, hay otras mujeres observando. El mensaje puede ser muy sencillo: esto es lo que te puede pasar si entras aquí.
Por eso no estamos solamente ante un problema individual de seguridad o bienestar. Estamos ante un problema de calidad democrática. Si el coste de exponerse políticamente no es equivalente, las condiciones de participación tampoco lo son.
9. Entonces, ¿es lo mismo ser mujer que hombre en política?
No exactamente. No porque mujeres y hombres tengan capacidades diferentes para liderar, sino porque todavía no acceden al poder, lo ejercen ni son juzgados bajo las mismas condiciones.
Las mujeres siguen encontrando más obstáculos para alcanzar determinados espacios de decisión y, cuando llegan, pueden hacerlo en posiciones más precarias, disponer de redes de apoyo diferentes o enfrentarse a expectativas contradictorias sobre cómo deben ejercer la autoridad.
A ello se suman una distribución desigual de los cuidados, un escrutinio atravesado por estereotipos de género y formas específicas de violencia política.
Por eso, la igualdad política no consiste únicamente en que las mujeres puedan llegar. Consiste en que puedan acceder, ejercer el poder, equivocarse, permanecer y marcharse bajo las mismas reglas que los hombres.
Los sesgos existen. Hacer como si no estuvieran ahí no es una estrategia.
Si estás construyendo un liderazgo político, en Egaleco podemos ayudarte a entender el contexto, anticipar riesgos y convertirlo en estrategia.
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