Comunicación no verbal y liderazgo político: lo que dices sin abrir la boca

En política, el mensaje nunca son solo las palabras. Un gesto, un silencio, la ropa elegida o el escenario de una comparecencia pueden reforzar un liderazgo o contradecirlo por completo. Analizamos qué comunica un político o política cuando todavía no ha empezado a hablar y por qué las mujeres se enfrentan, además, a un escrutinio diferente. Porque la comunicación no verbal también es comunicación política.

Una candidatura puede dedicar semanas a preparar qué va a decir, pero, cuando llega el momento, la ciudadanía ya ha empezado a formarse una impresión antes de escuchar la primera palabra: cómo entra, cómo saluda, cómo mira, cómo escucha y cómo ocupa el escenario.

Kennedy vs. Nixon: cuando la política descubrió el poder de la imagen

Seguramente el ejemplo más conocido sea el debate entre Kennedy y Nixon en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1960. Con los años se ha convertido casi en una leyenda: quienes lo escucharon por la radio pensaron que Nixon había estado mejor; quienes lo vieron por televisión dieron por ganador a Kennedy.

Hoy sabemos que esa historia tiene muchos matices y que la realidad fue bastante más compleja. Pero hay una enseñanza que sigue siendo válida.

La política cambió el día en que comprendió que la imagen también construye liderazgo.

Kennedy proyectaba tranquilidad. Nixon aparecía cansado, incómodo y sudoroso bajo los focos. Ninguno de esos elementos formaba parte del discurso. Sin embargo, terminaron formando parte del mensaje.

Y eso sigue ocurriendo cada día.

Porque la comunicación no verbal no consiste únicamente en los gestos.

Todo comunica. Absolutamente todo.

Existe cierta obsesión por analizar si alguien cruza los brazos, mueve demasiado las manos o mira hacia la izquierda cuando responde.

Es un error.

La comunicación no verbal no es un catálogo de gestos. Es el conjunto de señales que acompañan a un liderazgo.

Comunican los silencios. La manera de escuchar. La velocidad al caminar. La distancia con la ciudadanía. La expresión del rostro cuando interviene un adversario. El tono de voz. La ropa. Los colores elegidos. El peinado. La iluminación. La música antes de un acto. Las personas que aparecen detrás de quien habla. El tamaño del escenario. El lugar escogido para hacer una rueda de prensa. Incluso la decisión de hablar desde un atril o hacerlo mezclándose entre el público.

Nada de eso ocurre por casualidad.

O, al menos, no debería.

Hay un momento que dice mucho de cualquier líder

No es cuando habla.

Es cuando escucha.

Basta observar un pleno municipal, un debate parlamentario o una reunión vecinal.

¿Interrumpe constantemente? ¿Toma notas? ¿Mantiene contacto visual? ¿Cómo reacciona cuando escucha algo que no le gusta? ¿Parece interesada o interesado en lo que está oyendo o simplemente espera su turno?

Ahí suele aparecer el liderazgo más auténtico.

Porque el discurso puede prepararse, pero la escucha resulta mucho más difícil de fingir.

Y aquí entran también los silencios. No todos significan lo mismo. Una pausa puede transmitir serenidad y control, dar tiempo para ordenar una respuesta o reforzar una idea. En otro contexto, un silencio puede evidenciar incomodidad o inseguridad.

Como ocurre con los gestos, no existe un diccionario universal.

Cruzar los brazos no significa necesariamente estar a la defensiva. Tocarse la cara no demuestra que alguien mienta. Mirar hacia un lado tampoco permite descubrir un engaño.

Lo importante no es interpretar un gesto aislado; es observar el conjunto y preguntarnos algo bastante más útil: ¿lo que estamos viendo refuerza o contradice el liderazgo que queremos proyectar?

La ropa también habla

La vestimenta es comunicación.

Y eso no significa que todas las personas que se dedican a la política tengan que vestir igual.

Precisamente al contrario.

Una americana, unas zapatillas, una corbata o la ausencia de ella pueden transmitir formalidad, proximidad, ruptura, pertenencia, autoridad o normalidad dependiendo de quién las lleve, dónde y para qué.

El problema aparece cuando esa elección contradice el contexto.

No vestimos igual para visitar una explotación agrícola que para intervenir en un acto institucional. Tampoco debería parecer que nos hemos disfrazado de agricultores para visitar una explotación agrícola.

Hay una diferencia importante entre adaptar nuestra imagen al contexto y construir un personaje.

Y el electorado suele detectar la segunda.

La pregunta, otra vez, no es qué ropa «queda mejor».

Es qué liderazgo queremos representar y qué resulta coherente con la persona que lo encarna.

El escenario nunca es solo el escenario

Imaginemos que un ayuntamiento va a presentar una nueva política de juventud.

Puede hacerlo desde el salón “noble”, con un atril, cuatro banderas y varios cargos públicos detrás.

O puede presentarla en un espacio utilizado por jóvenes, acompañándose de las personas que han participado en su elaboración.

La política es la misma. La fotografía no.

Y probablemente tampoco lo sea el mensaje que recibe la ciudadanía.

La escenografía forma parte del relato político.

Importa dónde se habla, pero también quién aparece, quién no aparece, dónde se coloca cada persona, qué vemos detrás, cuánto espacio separa al liderazgo del público o qué símbolos ocupan el plano.

Pensemos en algo muy sencillo: una fotografía sobre igualdad entre mujeres y hombres en la que aparecen exclusivamente hombres. O un cartel enorme con mensaje en femenino con presencia exclusivamente masculina ¿Ha pasado? Sí, ha pasado.

No hace falta explicar demasiado.

La imagen ya ha hablado.

Por eso la escenografía no debería resolverse cinco minutos antes de empezar un acto preguntando dónde colocamos el roll-up.

Forma parte de la estrategia.

Y las mujeres lo tienen más difícil

Todo lo anterior afecta a cualquier liderazgo.

Pero no se interpreta de la misma manera cuando quien ocupa el centro de la escena es una mujer. Las mujeres en política siguen soportando un escrutinio sobre su apariencia que no tiene equivalente en sus compañeros.

Ropa, zapatos, peinado, edad, maquillaje, peso, expresión facial.

Y además aparece una contradicción difícil de gestionar.

Una política debe transmitir autoridad, pero corre el riesgo de ser considerada agresiva.

Debe resultar cercana, pero no parecer débil.

Si sonríe demasiado, puede proyectar poca firmeza.

Si no sonríe, será fría.

Si habla con contundencia, puede ser calificada de autoritaria. El mismo comportamiento en un hombre puede interpretarse como liderazgo.

No son simplemente problemas de comunicación. Son sesgos de género que condicionan cómo interpretamos el liderazgo.

Margaret Thatcher, primera ministra británica entre 1979 y 1990, constituye un caso especialmente interesante.

Trabajó de manera consciente su voz y su puesta en escena. Recibió entrenamiento vocal para agravar su tono y proyectar mayor autoridad. También construyó una imagen extremadamente reconocible.

Podemos discutir su política. Pero desde el punto de vista de la comunicación resulta difícil negar hasta qué punto entendió que una mujer que aspiraba a ejercer el poder en aquel contexto debía gestionar también las expectativas sociales sobre cómo debía sonar, vestir y comportarse una líder.

Décadas después, la situación ha cambiado pero el doble rasero no ha desaparecido.

Por eso trabajar la comunicación de una candidata con perspectiva de género trata de identificar los sesgos que pueden condicionar la percepción de su liderazgo, anticiparlos y construir una presencia pública coherente con quién es, con el proyecto que representa y con la autoridad que necesita ejercer.

Entonces, ¿hay que entrenar la comunicación no verbal?

Sí. Pero no para fabricar personajes.

Un buen entrenamiento no debería conseguir que una candidatura piense constantemente dónde tiene que colocar las manos.

Debería conseguir exactamente lo contrario: que deje de pensar en ellas.

Se trabaja para detectar gestos que distraen, mejorar la escucha, utilizar mejor la mirada, gestionar silencios, ganar comodidad ante una cámara, ocupar el espacio con naturalidad y evitar contradicciones entre lo que se dice y lo que se proyecta.

Pero el entrenamiento tampoco termina en el cuerpo.

Hay que decidir cómo queremos aparecer. Dónde hacemos una comparecencia. Con quién. Qué fotografía queremos generar. Qué escenario necesita ese mensaje. Qué códigos visuales son coherentes con nuestro posicionamiento.

Porque una estrategia de comunicación política no termina cuando hemos escrito el discurso. También tiene que pensar qué verá la ciudadanía mientras lo escucha.

La cuestión no es parecer. Es ser coherente

Una buena comunicación no verbal no convierte a nadie en líder.

Tampoco arregla una mala propuesta política. Y desde luego no sustituye a la gestión.

Su función es otra: evitar que la forma contradiga al fondo.

Si hablamos de cercanía desde un escenario que nos separa de la gente, algo falla.

Si reivindicamos la escucha mientras interrumpimos constantemente, algo falla.

Si presentamos una política de igualdad en una fotografía donde solo aparecen hombres, algo falla.

Y si queremos transmitir renovación reproduciendo exactamente los mismos códigos de siempre, también.

No se trata de fabricar una imagen perfecta. Se trata de coherencia.

Que el discurso, la voz, los gestos, los silencios, la vestimenta, el escenario y la actitud cuenten la misma historia.

Cuando eso ocurre, nadie habla de comunicación no verbal.

Y ese es, precisamente, el objetivo.

Tu candidatura ya está comunicando. ¿Cuenta la historia que quieres contar?

En Egaleco acompañamos a candidaturas y liderazgos políticos a construir un posicionamiento coherente: desde el relato y los mensajes hasta la comunicación no verbal, la imagen pública y la puesta en escena.

Si estás preparando una campaña, un debate o una nueva etapa de liderazgo, hablemos.

Autoría

Imagen de Silvia Soto Ruiz

Silvia Soto Ruiz

Socia y consultora

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